Publicado en www.lavanguardia.com, 11.04.2018

Los expertos abogan por una ley que eduque en vez de multar o prohibi

Regular por ley el consumo de alcohol entre los menores es una de las grandes asignaturas pendientes en España que salta de legislatura en legislatura sin ser aprobada. El debate vuelve a estar ahora vivo en el Senado, en el enésimo intento por fijar una norma estatal con una realidad –la de los atracones de alcohol en concentraciones callejeras– de la que muy pocos menores y adolescentes escapan. El principal problema surge cuando hay que acordar medidas coercitivas, que van desde la prohibición por ley de los botellones en todo el país (una posibilidad prevista en el actual debate) hasta la imposición de multas o condenas de trabajos en beneficio de la comunidad a los menores sorprendidos be­biendo en la calle.

En los últimos años se han lanzado muchas propuestas, que al final no han pasado de ser globos sonda, sobre lo que debería regular esta ley. Algunas de esas ideas toman como referencia normativas autonómicas u ordenanzas municipales que en la mayoría de los casos no han dado los frutos deseados. Uno de los ejemplos más claros afecta al apartado de las multas. La experiencia ya ha demostrado que imponer sanciones de 500 o 600 euros a un menor por beber en la calle no parece ser la solución. La mayoría carece de recursos para pagar esas sanciones y además en algunas ciudades como Madrid la mayoría de estas multas, aplicadas a partir de una norma autonómica, son archivadas de forma sistemática por los jueces. Estiman que el procedimiento no es garantista, pues se basa sólo en la versión del agente que asegura haber visto como el infractor bebía en la calle, sin aportar ninguna otra prueba. Es como si se condenara a un conductor por circular ebrio sin hacer la prueba de alcoholemia, a partir únicamente de la versión de un agente.

El joven multado por beber en la calle no entiende qué ha hecho mal, al pensar que sólo repite lo que ve cada día

La multa para prevenir el consumo de alcohol entre los menores no parece ser, por lo tanto, la mejor opción. Y no sólo por la respuesta que ya han dado los jueces a la política basada en el talonario de sanciones. “El menor que recibe esa multa por beber en la calle no acaba de comprender dónde está el problema, pues le están castigando por una conducta que ve en su casa, en las puertas de bares frecuentados por adultos o en las celebraciones familiares”, afirma Jaume Funes, psicólogo, educador y experto en el mundo de los adolescentes.

Afirmación que comparte Francisco Javier García-Castilla, sociólogo, trabajador social y docente en la UNED. “La vía punitiva, por sí sola, nunca va a servir para solucionar este problema. Esas multas, en caso de que la ley pendiente de aprobar las incluyera, deben de ir acompañadas de otras medidas que hagan entender, por ejemplo, a ese menor los riesgos de su conducta o las molestias que acarrean esas concentraciones”. Ignacio Calderón, vicepresidente de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD), lo tiene también muy claro: “La nueva ley tiene que ser más preventiva que represiva”, afirma.

Los tres expertos coinciden, asimismo, en que otra de las propuestas discutidas en el debate sobre esta ley –la de prohibir a escala estatal el botellón– no sería tampoco la solución. “Primero sería muy difícil determinar que es un botellón o una simple concentración de adolescentes en un espacio público”, apunta Jaume Funes. García-Castilla considera, por su parte, “imposible eliminar de un plumazo algo que no deja de ser un reflejo de nuestra sociedad (las reuniones y encuentros con alcohol) si antes no se modificaran muchas cosas, como ofrecer a esos adolescentes alternativas de ocio para poder relacionarse entre ellos y desarrollarse como tales”. Calderón tampoco acaba de ver clara la efectividad de esa propuesta, que cree tendría que limitarse a situaciones muy concretas, “como los macrobotellones anunciados con antelación y que reúnen a miles de personas”.

Obligar a un trabajo en beneficio de la comunidad sólo es eficiente si el daño se ha causado en la ingesta.

En el debate sobre esta ley para regular el consumo de alcohol entre los menores hay otra propuesta que siempre está encima de la mesa. Es la del castigo a los infractores con trabajos en beneficio de la comunidad. Y como pasa con las multas, los expertos consultados por La Vanguardia vuelven a coincidir. Sostienen que esa medida sirve de poco si su aplicación no pasa de ser una respuesta mecánica, como sucede ahora con las multas.

“El trabajo en beneficio de la comunidad sólo está justificado si ese castigo tiene una relación directa con la conducta de ese menor durante la ingesta de alcohol. Es decir, si mientras ha durado ese botellón se ha destrozado parte de un parque, sí tendría sentido que el adolescente fuese obligado a reparar esos daños. Así tendría consciencia del daño social causado. Es un castigo más aleccionador y que va mucho más allá de la multa por el simple hecho de beber alcohol”, añade Jaume Funes. Francisco Javier García-Castilla opina lo mismo: “Un castigo de reparación, en estos casos, tienen que estar siempre relacionado con lo que se ha destruido”.

Ignacio Calderón reconoce que atajar estas conductas entre los adolescentes –que están pasando, asegura el vicepresidente de la FAD, una cara factura a miles de menores por consumos muy exagerados de alcohol– es especialmente complicado en un “país que vive en la calle, al que le gusta la fiesta y que recurre por norma general al alcohol para cualquier celebración”. Así que la única ­receta válida para solucionar el problema hay que buscarla en la educación.

Veneración por “santuarios” de socialización

“El botellón, cuya finalidad es el consumo de alcohol en grupo, establece una representación social de valores y actitudes que enlaza con la idea de que el consumo de alcohol está extendido en nuestra sociedad y aceptado culturalmente”, afirma Francisco Javier García-Castilla, sociólogo de la UNED y trabajador social.

Las concentraciones en parques y calles de adolescentes con sus particulares cargamentos de alcohol “son un efecto evolutivo en la práctica del ocio, en el que los jóvenes y los adolescentes parecen huir en ciertos momentos de las variables: precio, control y ubicación en un espacio cerrado”, añade este investigador experto en temas de adolescencia. “Quieren controlar su tiempo –continúa– y decidir libremente el espacio de ocio en el que reunirse y qué hacer en él, convirtiéndose en una reafirmación de su yo y del grupo de pertenencia”.

YouTube alentando a los menores a beber alcohol

Prohibir los botellones no parece que sirviera, sostienen expertos en el tema, para eliminarlos. Aunque sí acabaría con la veneración que muchos adolescentes tienen de lugares concretos en los que se concentran. “Durante el botellón, el lugar de reunión tiene una importante carga simbólica porque implica la puesta en escena de emociones, experiencias compartidas, la desinhibición de las relaciones afectivas y la socialización”, añade García-Castilla. “Pero no hay que olvidar que ese escenario también puede estar asociado con el uso y abuso del alcohol concentrado en un tiempo determinado”. Y es ahí donde tendrían que actuar las campañas institucionales. Romper con esa creencia, muy extendida entre los menores, de que “la diversión no es posible sin alcohol”, afirma el psicólogo Jaume Funes. Controlarlos no es fácil, pues en cuestión de minutos se movilizan de un sitio a otro

Recopilado por Delegación Servicios Sociales Ayto. de Lucena