«Muchos padres tienen miedo o respeto a la reacción de sus hijos cuando les riñen»

Publicado en www.abc.es, 19.02.2018

La inseguridad de los protegenitores por saber si están educando bien o mal lleva, muchas veces, a sobreproteger a los niños, dejándolos seguros pero no desarrollados

«¿Lo estaré haciendo bien?», es una pregunta, muchas veces complicada, que los padres se hacen para valorar la educación que le están dando a su hijo. Desde el primer momento que un bebé llega a la vida de una familia se experimentan una montaña rusa de emociones e inseguridades. El temor a ser un mal padre o una mala madre pesa, muchas veces, más que todo lo demás.

Para aconsejar o tratar algunos aspectos a tener en cuenta en los primeros años de vida de los niños, ABC ha podido charlar con Rocío Ramos-Paúl, psicóloga —y conocida televisivamente como «Supernanny»—. Esta especialista ha apoyado, en primer lugar, la idea de que «cada niño y, por tanto, cada dinámica familiar son diferentes».

«A los padres preocupados por si educan correctamente, les digo que lo primero que hay que desarrollar es saber qué implica que un niño sea feliz y esté seguro», afirma. Para ello, «durante los primeros años la educación tiene que girar sobre tres puntos básicos: hábitos, límites y normas», continúa Ramos-Paúl.

En ese punto entra en escena lo que separa, en numerosas ocasiones, la opinión del padre y la madre: reñir. Mientras uno trata de avisar sobre lo que está bien o mal, la otra parte aboga por unas palabras más calmadas, sin levantar la voz. «Hay que alternar distintas formar para que cambie el comportamiento de los pequeños. Pero no se debe tener miedo o respeto a la reacción que tenga el niño, algo de lo que pecan muchos progenitores», insiste.

Ramos-Paúl asegura, también, que «no se les debe decir siempre a los hijos que todo lo hacen mal, porque eso les hará pensar que son malos y seguirán comportándose de forma incorrecta. Otro "truco" que puede ayudar es que los padres riñan en positivo. Es decir, en lugar de decir "No grites", expresar un "Habla más bajito"».

Miedo habituales

Las inseguridades y miedo que se puedan tener depende de cada padre y madre. «La sobreprotección suele ser muy habitual en los padres, primerizos o no y eso lleva consigo una falta de libertad para que los niños cometan errores y aprendan de ellos. No les permiten equivocarse», afirma esta experta.

Ir siempre de la mano aporta seguridad pero no desarrollo. «Hay mucha sobreprotección, pero muy poca exigencia hacia los hijos», insite Ramos-Paúl. «Los padres se llevan las manos a la cabeza cuando dices que un niño de 3 años puede ayudar a poner la mesa. Si no lo hace desde pequeño, después será muy complicado que tenga esas obligaciones», concluye la psicóloga.

Recopilado por Delegación de Servicios Sociales Ayto. de Lucena


El adolescente vive en una sociedad que le transmite: ‘Si beber es divertido es bueno

Publicado en www.elpais.com, 13.02.2018

El alcohol forma parte de nuestras vidas y es la sustancia psicoactiva más consumida entre los jóvenes españoles entre los 14 y los 18 años

No es ningún secreto que vivimos inmersos en una cultura del alcohol. Lo vemos en nuestras fiestas más emblemáticas, en las celebraciones familiares o sociales y en la mayoría de series y películas que encontramos en los suculentos catálogos de Netflix o HBO. El alcohol está por todas partes. Sin olvidarnos, por supuesto, de las vallas publicitarias, de YouTube y de redes sociales como Twitter, Instagram o Facebook. No es de extrañar, por tanto, que si el alcohol forma parte de nuestras vidas, también sea la sustancia psicoactiva más consumida entre los jóvenes españoles con edades comprendidas entre los 14 y los 18 años. Así lo recoge el último informe del Observatorio Español de la Droga y las Toxicomanías (2017), que sitúa la edad media de inicio en su consumo entre los 13 y los 16 años.

Para Xavier Pons, profesor del Departamento de Psicología Social de la Universitat de València, a esta cultura del alcohol y a las costumbres del mundo adulto, que incorpora el alcohol a todas sus actividades sociales, se une un factor más: el de la cultura de la despreocupación. “Nuestra sociedad ha creado una cultura de la banalidad y la despreocupación, que también es argumento para el consumo alcohólico en los jóvenes. La mayoría de niños son educados, cuando son niños, en los valores de la moderación, la prudencia, el autocontrol, el rigor, la responsabilidad... Esos valores deberían desembocar, más adelante, en actitudes y conductas consecuentes, tales como no beber alcohol y no abusar, si sabes (y lo sabes) que es perjudicial. Sin embargo, ese niño va creciendo y haciéndose adolescente en una sociedad que le transmite otro tipo de realidad: si es divertido es bueno. Da igual si es sano, ético, razonable, veraz, prudente, bello, inteligente, o si es todo lo contrario; mientras sea divertido será aceptable. No hay reparo alguno para la diversión en la sociedad de la despreocupación; todo lo que interfiera en la diversión será apartado u olvidado, y todo lo que la facilite será bien recibido”, explica.

Sumemos dos cuestiones más. Por un lado, el deseo de descubrimiento innato de la propia adolescencia, una etapa en la que, según Miguel Fuster, psicólogo clínico, “no se tiene la misma sensación de peligro a la hora de tomar decisiones; lo que lleva a un mayor aprendizaje pero, también, a ser más vulnerables como individuos ante los riesgos por falta de capacidad de evaluación de las consecuencias negativas”.

En el Grupo de Trabajo Alcohol y Alcoholismo de la Sociedad Española de Medicina Interna se hace hincapié en la neurotoxicidad y neuroinflamación que ejerce el alcohol en jóvenes, sobre todo en la modalidad de consumo en “atracones” o binge drinking (“botellón”). Su coordinador, Francisco Javier Laso apunta que cualquier consumo de alcohol es de “riesgo”, y tiene especial impacto en la adolescencia, “ya que han podido observar que implica consecuencias estructurales y funcionales en el sistema nervioso cuya “maduración” se está desarrollando, lo que promueve la aparición precoz de dependencia alcohólica”. Lo sugieren múltiples estudios, uno de los más recientes el publicado por investigadores suecos en enero en la revista Journal of Hepatology, en el que a través de un seguimiento a 40 años de 43.000 varones en Suecia, se asoció el consumo de alcohol en la juventud con un mayor riesgo de hepatopatía grave. Un riesgo que, aunque dependiente de la dosis, se encontraba desde el primer gramo de alcohol.

¿Permitir o prohibir?

Con un panorama tan desolador y complicado, cabe preguntarnos si como familia está en nuestra mano convertirnos en un “factor” de protección y prevención, o si por el contrario podemos acabar añadidos a la lista de factores de riesgo mencionados sin que tengamos conciencia de ello.

Un reciente trabajo publicado en el Journal of Adolescent Health y dirigido por la investigadora Jennifer L. Maggs, Parents Who Allow Early Adolescents to Drink, nos plantea la cuestión de que una actitud más relajada y permisiva con respecto al alcohol, con la creencia de que esto enseñará a nuestros hijos a beber con sensatez, puede ser un factor de riesgo para una iniciación temprana en el consumo de alcohol, incluso de problemas más graves a posteriori. La investigación, además, pone en evidencia que el nivel socioeconómico y cultural de los padres no es un factor protector sino más bien al contrario: un mayor nivel social y económico puede ser un factor de mayor riesgo para el consumo, ya que ese poder económico puede suponer una mayor disponibilidad económica también para los hijos, y con ello el acceso más fácil a esta sustancia.

“La sociedad ha creado una cultura de la banalidad, que también es argumento para el consumo alcohólico en los jóvenes”

Si la permisividad mantenida por los padres incrementa la probabilidad de consumo en los hijos adolescentes, ¿es la prohibición del alcohol la solución? Señala Xavier Pons que niños y adolescentes tienen que aprender a convivir con ciertas restricciones conductuales, “porque se van a encontrar con muchísimas en su vida adulta y tendrán que adaptarse a ello”. Por eso, entiende que las restricciones razonables ayudan a educar la tolerancia a la frustración y la responsabilidad. Y, muchas veces, la salud. Añade el profesor e investigador que, aunque está muy arraigada la idea de que lo prohibido resulta más atractivo “y acaba haciéndose más”, no hay ninguna evidencia de que eso sea así. “Las cosas son mucho más complejas que eso. Por ejemplo, siguiendo esa lógica, podríamos decir “prohibido estudiar” y a todos los chavales les entrarían unas ganas enormes de ponerse a estudiar, pero nada es tan simple. De hecho, lo prohibido suele acabar desapareciendo a largo plazo, siempre que junto con la prohibición haya un control de la conducta que se restringe”, argumenta.

Para Pons, además, lo que convierte al alcohol en algo atractivo no es que los adultos lo prohíban, sino que “los adultos lo consumen” y que los adultos “lo califican de peligroso para los jóvenes”. Por tanto, estamos aportando valor positivo y atractivo al consumo de alcohol sin darnos cuenta. “Para un adolescente abstenerse de hacer algo “peligroso” por el hecho mismo de serlo supondría manifestar indecisión o debilidad, mientras que hacerlo significa ser alguien “enrollado”, valiente, atrevido,... Es eso, más que ser “rebelde”, lo que motiva al adolescente. Realmente, hay poca rebeldía en hacer lo mismo que se ve que hacen los adultos, que son los que han institucionalizado el alcohol y lo comercializan”.

Entonces, ¿cuál es la mejor manera de hablar y actuar con un niño de 15 años sobre el alcohol? ¿Qué herramientas tenemos para hacerles resistentes ante la cultura del alcohol? La respuesta del investigador valenciano es clara: “No pensar que es un niño, porque, aunque para nosotros lo parezca, él o ella no lo va a ver así y no lo va a admitir. A los 15 años es normal creer que uno lo sabe todo de la vida y son sus padres los que no se enteran. Pero, al mismo tiempo, uno es consciente de estar sumido en una vorágine de dudas, que le cuesta mucho admitir, porque esas dudas no son congruentes con la imagen de fortaleza que desea proyectar. Esto no es malo, en el sentido de que se irá ajustando con la edad. Lo que pasa es que esa incertidumbre es terreno abonado para que los que comercializan el alcohol saquen beneficio”.

Para el psicólogo Miguel Fuster la idea de la prohibición como alternativa lleva a un problema igual que el que acarrea la permisividad, y opina que todo va a depender más de qué relación tengan los padres con el uso de sustancias como el alcohol y las drogas. “La mejor manera de hablar y de actuar es que haya una consistencia en mi manera de relacionarme con el alcohol y lo que yo les pido a mis hijos. Si hay una consistencia entre lo que yo digo como padre y lo que yo hago como padre el mensaje calara en mis hijos. Si hay una inconsistencia, mis hijos aprenderán de lo que yo hago y nunca de lo que yo digo. El mensaje verbal pierde toda su fuerza”.

Revisar nuestros hábitos y actitudes

La mayoría de nosotros, además de una baja percepción del riesgo que entraña el consumo de alcohol, no tenemos conciencia de cuándo y cuánto bebemos delante de nuestros hijos. “El 75 % de los individuos que bebe excesivamente cree que toma una cantidad “normal” de alcohol. Aunque frecuentemente en los medios surgen noticias sobre las bondades del consumo de pequeñas cantidades de alcohol, los estudios rigurosos demuestran que no hay ningún efecto saludable, y como indica la OMS: alcohol, cuanto menos mejor”, explica F. Javier Laso. En este sentido, el coordinador considera que si los padres tienen “información incompleta y sesgada”, no es de extrañar que se obvie hablar con los hijos sobre los riesgos del alcohol y que se considere su consumo como algo socialmente “natural”. Y es esa actitud permisiva parental “por ignorancia de riesgos” la que considera un hecho determinante para el consumo de alcohol en los adolescentes.

Preguntémonos honestamente cada uno de nosotros: ¿Qué pasaría si preparo una fiesta con adultos en mi casa en la que NO hubiese alcohol?

Y es que, además, muchos padres beben delante de sus hijos de manera habitual. Quizás los fines de semana, en bares, en el propio hogar. Señala Xavier Pons que hay muchos estudios que comprueban que en familias de padres bebedores habituales (no necesariamente alcohólicos) es más probable encontrar adolescentes bebedores abusivos, que en familias de padres abstemios. “Los hijos adquieren muchas conductas y actitudes por imitación de los padres. También los hábitos saludables/insaludables. Y, efectivamente, tiene más influencia en el hijo lo que ve que hacen sus padres que lo que estos dicen”, cuenta Pons.

Poca utilidad encuentra el psicólogo Miguel Fuster en las campañas centradas en las consecuencias del alcohol si no son acompañadas de coherencia en el uso que hacemos como adultos del alcohol. “Preguntémonos honestamente cada uno de nosotros: ¿Qué pasaría si preparo una fiesta con adultos en mi casa en la que NO hubiese alcohol? ¿Cómo reaccionaríamos todos y cada uno de nosotros? Desde ese planteamiento, ¿qué podemos hacer si asumimos que el alcohol es algo presente en nuestra vida? Seamos coherentes y el mensaje tendrá sentido”, plantea.

Opina Xavier Pons que las campañas de prevención que comenzaron en los primeros años ochenta del siglo XX han servido para crear a lo largo de todo este tiempo una actitud más crítica hacia el alcohol en la sociedad (“Somos más conscientes de sus riesgos que en generaciones anteriores, esa idea ha calado en la sociedad”), pero sabe que una campaña preventiva no va a servir para disminuir drásticamente el consumo juvenil de alcohol. “Conocer los riesgos que supone el abuso de alcohol no disuade a los jóvenes de iniciar y mantener su hábito de consumo; eso está totalmente comprobado por casi 40 años de investigación al respecto. Además, los que publicitan y comercializan el alcohol han sabido conectar con los adolescentes mejor que los que diseñan campañas preventivas”, se lamenta y vuelve a incidir en lo que señalábamos al principio: el consumo de alcohol responde a un modelo cultural arraigado y a un modelo de sociedad determinado por lo que, según concluye Pons, tendríamos que modificar radicalmente los valores culturales imperantes. Y no es nada fácil, no, salvo que empecemos por nuestras propias trincheras familiares.

Recopilado por Delegación de Servicios Sociales Ayto. de Lucena


El 18% de los adolescentes usa Internet de forma compulsiva

Publicado en www.elpais.com

El Consejo de Ministros aprueba un plan que aborda por primera vez la adicción a las nuevas tecnologías

La lucha contra el uso patológico de las nuevas tecnologías se ha convertido en uno de los retos principales en la agenda sanitaria en tema de adicciones. Los datos sobre el consumo de redes sociales y otras nuevas herramientas son alarmantes, sobre todo entre los adolescentes: el 18% de los jóvenes entre los 14 y los 18 años de edad usa Internet de forma compulsiva, según el Ministerio de Sanidad. La nueva Estrategia Nacional de Adicciones, que el Consejo de Ministros ha aprobado este viernes, prevé por primera vez medidas para abordar este problema.

Francisco de Asís Babín, delegado del Plan Nacional sobre Drogas, ha explicado que no se trata de adictos, sino de jóvenes que en las encuestas efectuadas manifiestan aspectos como que no pueden estar mucho tiempo sin conectarse a Internet o a las redes sociales y que no hacerlo les genera ansiedad o malestar.

La idea de la nueva estrategia, que estará en vigor ocho años, es tener una base de datos de iniciativas que funcionen para que cada comunidad no tenga que empezar de cero el abordaje. Por ejemplo, Babín ha dicho que se ha visto que las guías para padres tienen partes muy útiles, pero que es más práctico que sean ellos quienes planteen sus inquietudes y las soluciones que se les ocurren.

Una parte del problema en el uso de las redes está en el juego online. El Gobierno estudia regular el acceso de los menores a la publicidad de apuestas en Internet. De acuerdo con los datos que presentó Babín ayer, el 9,8% de los menores de 18 años admite que ha apostado alguna vez por Internet. “Eso no quiere decir que sean ludópatas”, ha matizado. Entre los adultos adictos al juego de azar (un 0,9% de la población), el 44,8% ha apostado alguna vez antes de alcanzar la mayoría de edad, según los datos del Ministerio de Sanidad.

Las "adicciones sin sustancias" son una de las novedades de la nueva Estrategia Nacional sobre Adicciones que han presentado este viernes a la prensa Babín y el secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad, Mario Garcés. En principio, las acciones (empezando por la recopilación de datos) se dirigirán a los menores, porque el problema de la adicción hay que tratarlo cuanto antes posible, ha explicado Babín.

La estrategia hace especial hincapié en ese tramo de edad, de los 14 a los 17 años, que es cuando se empiezan los consumos de sustancias y se es más proclive a las adicciones. En particular se fija en el consumo de alcohol: los datos muestran que un 32% de los jóvenes entre 14 y 18 años "realiza un consumo de riesgo" en los fines de semana y que casi el 80% ha tomado esta sustancia antes de llegar a la edad adulta. En cualquier caso, entre 2009 y 2014, la edad de inicio al consumo de las tres drogas más habituales (alcohol, tabaco y cannabis) ha subido ligeramente. La que más, el tabaco, ha pasado de 13,3 años a 13,9.

Otra novedad de la estrategia es la inclusión de la perspectiva de género. Que hay diferencia entre hombres y mujeres no es una novedad, pero se explicita, por ejemplo, que en los casos de violencia machista muchas veces el maltratador es adicto, afirm Garcés. El sesgo por sexo se aprecia también en el caso de las nuevas tecnologías. Las menores no solo fuman y beben más que sus compañeros, sino que también son más proclives al uso compulsivo de Internet. Además, como es habitual, ´las mujeres son las mayores consumidoras de hipnosedantes y ansiolíticos, las sustancias cuyo consumo más ha crecido en los últimos años de las controladas por el plan nacional.

El hincapié en los menores no excluye que la estrategia se fije, por primera vez, en los mayores de 65 años. Babín ha explicado que incluso las encuestas del ministerio sobre drogas solo consideran a la población hasta los 64 años. "Pero hay una generación, la de los supervivientes a la heroína en los ochenta", que se hace mayor con sus problemas asociados, ha indicado Garcés. Por esa razón la nueva estrategia también les tendrá en cuenta.

100 sustancias nuevas al año

En 2015 –último año con datos– se incluyeron 98 sustancias en la lista de drogas ilegales de España. El delegado del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, Francisco de Asís Babín, ha explicado este viernes que en 2012 se creó una red de alerta temprana de estos estupefacientes, pero que ahora se está preparando un real decreto para agilizar el proceso. Y es que hasta que una sustancia no está en la lista, no se puede perseguir a quien la venda por tráfico de estupefacientes. "Eso no quiere decir que quede impune", ha matizado Babín, porque se puede recurrir al delito contra la salud pública, pero esa demora es la que aprovechan los narcotraficantes para introducir la sustancia en el mercado.

La clave está en que un producto no se considera droga hasta que no entra en esa lista de sustancias fiscalizables. Lo que hacen los productores es cambiar la fórmula para que produzca efectos alucinógenos similares a los de drogas ya conocidas pero que, al no ser exactamente igual, no se considera ilegal. Esto ha sido así siempre (en los ochenta, el poppers –una droga líquida que se inhala— no estaba en la lista y se vendía como aroma ambientador o limpiacabezales de vídeos; la última vez que una molécula tuvo gran repercusión fue cuando se vendía como sales de baño o fertilizante, y en verdad era un psicoactivo).

Pero, ahora, el proceso se ha acelerado. Babín ha dicho que los dos grupos de estupefacientes que más se modifican para generar sustancias nuevas son los cannabinoides sintéticos y los similares en efectos a la cocacína y las anfetaminas, aunque hay muchos. La Estrategia Nacional de Adicciones que se ha aprobado en el Consejo de Ministros de hoy recoge que en la lista actual hay más de 560 sustancias, de las que un 70% se detectaron en los últimos cinco años. 

Recopilado por Delegación Servicios Sociales Ayto. de Lucena